Una Maternidad Diferente

19.05.2014 12:16

Para la mayoría de las mujeres, el proceso de la maternidad suele ser un punto y seguido en su ciclo de vida. Llega un momento en el que tu reloj biológico te llama a ser madre y la mayor parte de las mujeres tarde o temprano terminan por serlo por méritos propios y sin muchas dificultades para concebir y gestar. Poder tener tantos hijos como quieras y cuando los deseas, es una suerte maravillosa  que sin embargo no está al alcance de todas.

Hoy mi entrada va dedicada a esas mujeres que aun deseando más que nada en este mundo ser madres, la naturaleza caprichosa no les brinda esa oportunidad. Mujeres que darían lo que fuera por poder engendrar a sus hijos y que desesperan en el intento, porque la maternidad se les resiste. Mujeres que tienen que recurrir a la medicina para ver cumplidos sus deseos, no sin pagar un duro precio por ello.

Mujeres que comienzan las idas y venidas a las clínicas de fertilidad, pruebas y más pruebas para él y para ella. Dura confirmación de lo que ya sospechaban pero se resistían a creer, aún albergaban esperanzas sus dolidos corazones. Tras la impactante noticia, una vez pasado el momento ira contra el mundo y contra todo, hora de tomar decisiones. A veces incluso añadiendo la necesidad de sopesar económicamente cuánto cuesta un hijo y si la economía familiar puede asumir este gran reto. Difícil elección, querer no es siempre poder.

Afrontamos con ilusión la nueva etapa en nuestras vidas. La primera vez que te sometes a un tratamiento de fertilidad rebosas optimismo y positividad porque pesa mucho la esperanza y la ilusión de conseguirlo. No obstante, los tratamientos hormonales para estimular tus ovarios te hacen sentir mal, dolorida, pesada, psicológicamente inestable. Tus lágrimas afloran sin contención pero las reprimes porque sabes que tienes que ser fuerte, se trata de traer al mundo a tu hijo. Te lo repites cada día como un mantra de amor.

Nuevas visitas al ginecólogo, cada vez más frecuentes. Esperas y más esperas, pruebas y más pruebas, hormonas y más hormonas. Por fin parece que podremos extraer óvulos para su fecundación, te dicen. Todo va según lo previsto, tienes suerte, te dices para adentro. Te sometes a ello. Consiguen extraerte algunos bien evolucionados  y el ginecólogo te dice que tienen muy buena pinta. No cabe más emoción en ti. No te importa someterte a cuantas exploraciones y tratamientos hormonales sean necesarios. Presientes que todo va a ser fácil, lo necesitas.

A los pocos días te avisan de la clínica. Se produce el milagro, han sido fecundados in vitro con éxito y te dan una nueva cita. Ahora ya solo queda implantarlos. Cuánta alegría y cuánta esperanza junta. Tu corazón se acelera, te sientes madre, sabes que lo vas a conseguir. Ese bebé quiere nacer.

Los próximos días los vives observando tu cuerpo al milímetro. Afloran cambios de humor, tus mamas están más sensibles de lo normal y sientes hinchazón, te sientes extraña, diferente. Notas náuseas y un pellizco en el estómago. Intuyes que todos estos síntomas se deben a que estás embarazada, lo has leído. Lo presientes pero no puedes hacerte la prueba aún. Tienes que esperar. Esos días son increíblemente largos…vives pegada al calendario….ya falta menos….tu hijo está en camino.

Ese día te despiertas a las seis de la mañana. No puedes conciliar el sueño, por fin sabrás si lo has conseguido, aunque tú ya lo tienes claro. Tu cuerpo es sabio y te lo está diciendo. Te enfrentas a los análisis con optimismo y dedicas una mirada cómplice a tu pareja, sabedora de que estamos embarazados por fin. Solo estamos los tres, el ginecólogo y nosotros frente a frente. Silencio. Te sudan las manos, tu corazón se agita. Es el momento, pero lo que esperabas oír de la boca de tu médico no es lo que realmente te comunica. No ha habido suerte. Tus embriones no lo han conseguido esta vez. No estabas preparada para esto. Las lágrimas irrumpen en tus ojos y no puedes articular palabra. ¿Pero cómo puede ser? ¿Y todas esas sensaciones que tenía? Hormonales, según tu ginecólogo. Te derrumbas.

Antes de haber asimilado la cruda realidad, te proponen volver a intentarlo pues tienes embriones congelados, no obstante, te advierten que la probabilidad de éxito en estos casos es menor. Intentas reponerte psicológicamente, te niegas a tirar la toalla tan pronto. Un hijo es algo tan grande que cualquier esfuerzo es poco para traerlo al mundo.

Volvemos a empezar, pero ya bastante más cauta, menos eufórica. Comienzan de nuevo los tratamientos hormonales, las ecografías, las analíticas…pero éstos son ahora como más rutina para ti. Esta vez intentas no ilusionarte para no volver a caer. Psicológicamente vuelves a sentirte al borde del abismo, dolida y deprimida y eso pesa mucho….aún así intentas remar cada día. Te proteges con una coraza aunque tu corazón sigue albergando la maravillosa esperanza de sentir a tu hijo cerca.

Después de este segundo y duro intento, tampoco lo consigues esta vez. El nudo de tu garganta ya no desaparece. Andas por la calle con las lágrimas a flor de piel y con cada carrito de bebé con el que te cruzas te preguntas ¿qué daño habrás hecho tú en este mundo para recibir tan inmenso castigo? ¿Por qué se te niega algo tan maravilloso? No sabes si seguir o no. No comprendes nada. El camino es cada vez más estrecho y oscuro. Noches en vela. Llantos en silencio. Decepción contigo misma y rabia, rabia incontenible. Nadie dijo que fuera fácil, pero tampoco te dijeron que te resultaría tan duro.

A pesar de tu dolor, decides empezar de nuevo, la vida bien merece este esfuerzo. Serás madre ¡¡lo serás!!  te dices a ti misma. No te quedan apenas fuerzas pero se lo debes a tu hijo y lucharás por él hasta el final, la esperanza se abre en ti……...el milagro de la vida llegará.

Carta de una madre que ha pasado por esta dura experiencia a otra madre que lo intenta desesperadamente (reproducida aquí con el consentimiento de ambas):

“Si alguien me pidiese alguna vez que diese un sinónimo de ser madre, probablemente contestase que la maternidad es algo tan grande y tan inmenso que nada puede asemejarse a ello. Quizás lo que más resuma este estado sea luchar sin descanso y dar sin esperar nada a cambio. Das todo tu amor, tu atención, tus cuidados, tu tiempo y todas sus fuerzas, aún cuando hay momentos en los que pareces no tenerlas. Das todo lo que tienes y lo que hasta entonces eras pasa a ser una mínima parte de ti para pasar a colocarte en un segundo plano, un actor secundario cuyo papel no es otro que hacer que tu hijo brille aún más.

Luchas para que nazca, que crezca, que coma, que sea feliz. Luchas para que nada contamine esa pureza con la que ha nacido. Cuando te conviertes en madre, ya no dejas nunca de dar ni de luchar.  Muchas personas aprenden esto sólo cuando tienen a su hijo en brazos, otras empiezan a intuirlo durante el embarazo y desgraciadamente, otras no lo aprenden nunca.

Sin embargo, hay algunas personas afortunadas como tú y como yo, que empiezan a dar y a luchar por su hijo mucho antes incluso de haberlo engendrado o haber nacido. Es como una maternidad anticipada, puesto que estás dando lo mejor de ti para que su nacimiento sea posible y estás luchando con todas tus fuerzas para que esto ocurra.

Toda madre te dirá que los sacrificios que haces no cuestan trabajo porque una sola sonrisa de tu hijo, o que te toque con sus deditos es recompensa más que suficiente para seguir adelante. Es cierto que las fuerzas flaquean, más cuando aún no tienes a tu bebé en brazos, pero te aseguro que tu recompensa será mucho más intensa y más temprana que la de cualquier otra madre, porque tú has empezado a dar y a luchar mucho antes y sabrás mucho mejor que nadie lo que significa y  lo que cuesta traer un niño al mundo.

No dejes de dar ni de luchar, piensa que ya estás siendo mamá y que todo este sufrimiento que ahora  estás viviendo será pronto una experiencia que te hará valorar mucho más cada momento cuando la maternidad literal llegue.

¡Ánimo, amiga! Que las mamás no pueden dejar de luchar y tú eres y serás una madre estupenda.

Sé que estas palabras no te darán consuelo porque nada de lo que te digan en este momento te puede aliviar, sólo quiero que sepas que si en algún momento te apetece hablar, preguntar o simplemente tener un hombro que entienda tus lágrimas, estoy aquí al lado. Un beso.”

 

En la actualidad, ambas son madres de unos preciosos hijos y se sienten inmensamente plenas y dichosas. Mereció la pena sin duda tanta lágrima derramada.

Enhorabuena a estas madres luchadoras y ánimo a todas esas madres que quieren serlo, porque lo van a conseguir.

 

Dedicado al milagro llamado Pablo. Feliz cumpleaños